Me acuerdo de las primeras veces que fui dirigido (instancia maravillosa cuando el que dirige sabe y espeluznante cuando no sabe), tuve la suerte de trabajar con grandes directores de la Época de Oro del cine publicitario chileno. Y, para mi sorpresa, con ellos la sesión era un agrado. Dos, tres… quizá cuatro tomas y sería todo. Ellos, tenían claro que la mínima variación sutil en la intención del locutor, no iba a vender ni una lavadora,  bebida o auto más. El poder persuasivo del mensaje estaba en otras cosas.

En contrapartida, cuando el director era primerizo, la constante sería grabar decenas de tomas que no hacían más que agotar la voz y trasuntar que no sabía lo que quería y, menos, que fuera  capaz de transmitirlo con claridad. Y si a eso sumamos a algún publicista en busca de preseas de su cliente de turno, al gerente de marketing o al mismísimo pobre cliente mareado por los cuentos de hadas de las campañas, la grabación podía derechamente convertirse en un calvario. Frases como: Pepe, puedes hacerlo así como con más onda… tú cachai o imagínate que la gente cuando te escuche tiene que correr a la tienda o  la frase tiene que sonar más aspiracional... No son más que expresiones de deseo y fantasías que nada tienen que ver con la pega de un locutor. En todo ello, hay como un aire de snobismo de dirigir, de hacer creer que tienen la clave de la quinta esencia persuasiva. Estos pseudo-directores, son los especialistas en quedarse pegados en una palabra, creyendo que ahí radica todo el destino de la campaña. Un eslogán, obviando aspectos técnicos como la dicción, pronunciación, modulación, proyección, etc., no tiene más de cuatro posibilidades notorias y distinguibles de decirse. A continuación les dejo un video que refleja a la perfección el sentido de mis palabras e interpreta con mucho más claridad lo que les quiero decir en una delirante situación que viví muchas veces.